"Mislaidy me cogió de la mano mientras cuzábamos el mercadillo de artesanía, que cada mañama invadía aquella pequeña plaza del malecón habanero, y yo, naturalemente, me dejé llevar. Cualquier hombre se habría dejado arrastrar hasta el mismísimo infierno por Mislady, una espectacular mulata de metro ochenta y generosas formas de mujer".

Con tan contundente arranque, digno de Raymond Chadler, pone Carballal en situación al lector que a lo largo de sus páginas dudará en más de una ocasión si no estará leyendo una obra de John Le Carre, un cuento de Asimov o una novela negra.

En efecto, la diversidad de los misterios de la investigación y el tinte sobrenatural de las apariencias, sin olvidarnos del cariz humano y decididamente detectivesco de la perspectiva con que van siendo analizados, remit a fábulas literarias. Sin embargo, con excepción de unas pocas identidades ocultas bajo nombre figurado, todo lo relatado por el investigador es rigurosamente cierto y demostrable.

Contrariamente a lo que pudiera parecer, Carballal no se interna con la mulata, tras un fogoso beso, escaleras arriba en un edificio de viviendas en busca de una cama, aunque eso es lo que la pareja quiere hacer ver, sino a entrevistarse con un santero. Aquel encuentro clandestino corrobora lo que hasta ese momemto solo era un rumor. El santero lo confiesa de buena gana: había colaborado con la Dirección General de Información de Castro suministrándole confidencias sobre políticos, militares, empresarios... La chispa se convierte en llama en Madrid, meses después, cuando el mismísimo Perote (después de mucho trabajarse su confianza, y la de otros agentes del CESID en cierto campo de tiro), le presenta a un agente de la CIA que confirma la utilización de santeros y videntes para idénticos fines, ¡en España!.